sábado, 28 de enero de 2012

“Lo que es sustancial en la aventura humana ha ocurrido en África”

Los argumentos de Alfred Bosch, africanista y profesor de historia en la Universitat Pompeu Fabra, son aplastantes: “La diferencia entre el homínido que coge dos piedras y sólo es capaz de lanzarlas y el que las choca entre sí y construye una herramienta, es mucho mayor que la diferencia entre el móvil tronado de hace diez años y el último iphone. De la diferencia entre los móviles nadie se acordará dentro de cien años. El homínido que construyó la primera herramienta abrió el camino de la tecnología. Y eso ocurrió en África”. No está mal como inicio del Posgrado en Sociedades Africanas y Desarrollo que organiza el Centre d’Estudis Africans i Interculturals (CEA) en colaboración con la Facultat d’Humanitats de la Universitat Pompeu Fabra.

De hecho Bosch, en su sesión del viernes 27 de enero, la sesión inicial del posgrado, sabía que tenía que empezar por el principio, por eso recibió a los alumnos con la canción “Yakareké” de Seka Touré. “Yakareké significa ‘el comienzo, esto empieza’ en mandé”, advirtió a la treintena de alumnos que participan en la clase, “porque empezamos explicando el principio de cómo comenzó todo”. Con este trabalenguas el profesor anunciaba el objeto de su sesión, la prehistoria, el nacimiento de lo que él llama “la aventura humana”, ¡vaya!, el principio de la humanidad ocurrido en África.

Sí, señores y señoras, pese a quien pese es irrefutable que la humanidad (o la aventura humana) nació en África. En el tan vilipendiado continente negro, los homínidos se separaron de los primates hace cinco millones de años. Un poco de tiempo después (la friolera de un millón y medio de años) surgió el abuelo del abuelo, del abuelo… de nuestro abuelo (quizá la línea de parentesco no es tan precisa), el Austrolopitecus. Y, ¿dónde? Pues también en África. Y por último, hace solamente 200.000 años (milenio arriba o abajo), surgía el Homo Sapiens Sapiens, nuestro abuelo (como quien dice). Para entonces el hombre (o lo más parecido a él) ya había salido de África, había emigrado, pero lo cierto es que el Homo Sapiens Sapiens acabó imponiéndose a todas las demás subespecies de homínidos en todo el planeta y es decir que era lo que ahora somos (más o menos). A partir de ese momento, la evolución ha sido cultural y no ya física.

Parece ridículo tener que hacer este repaso, teniendo en cuenta las pruebas científicas, pero se hace imprescindible cuando algunos se siguen preguntando si África tiene historia, o incluso negándolo directamente… Juzguen por ustedes mismos. Bosch señalaba que el 80% de la aventura humana se ha producido en África y que ese 80% recoge los cambios más importantes, a partir de ahí, prácticamente todo son anécdotas o nimiedades comparadas con el hecho, por ejemplo, del nacimiento de la tecnología.

El discurso de Alfred Bosch es provocativo (y se puede permitir serlo aferrado como está a las evidencias científicas). Y así se atreve a afirmar que, con esta línea evolutiva, “la humanidad es africana”, que “todos somos africanos” o que “la aventura humana es la historia de una colonización africana del resto del mundo”. O bien, el error de base de la pregunta “¿por qué hay negros?”, asegurando que la pregunta correcta es “¿por qué hay blancos?, ya que los humanos en origen son negros”. Y todas estas afirmaciones son una “muestra de humildad”, porque “todos somos muy parecidos, venimos de un mismo lugar y África merece un respeto, aunque sólo sea por respeto a los antepasados”. Por eso animaba a los alumnos a que expliquen esta historia ante cualquier discurso racista. “Seguro que os divertís”, decía desafiante.



Este es el “Yakareké” del Posgrado en Sociedades Africanas y Desarrollo. A partir de aquí la treintena de alumnos matriculados se acercarán más a la actualidad en lo que respecta a la historia, analizarán la geografía africana, se asomarán a los sistemas políticos y económicos del continente y descubrirán porque las cosas pasan como pasan desde un análisis mucho más profundo del que están acostumbrados, porque a partir de ahora contarán con las herramientas del conocimiento de las particularidades culturales (de la religión, de la concepción del mundo, de la perspectiva de las identidad, del peso de la tradición y de la forma de integrarla, de sus potencialidades…). Todo un continente nuevo explicado en profundidad. Todo un mundo nuevo que se abre.

jueves, 19 de enero de 2012

El posgrado que nos viene

Resulta que falta poco más de una semana para que comience la acción formativa más importante que el Centre d’Estudis Africans organiza anualmente en colaboración con la Facultat d'Humanitats de la Universitat Pompeu Fabra: el Posgrado en Sociedades Africanas y Desarrollo. Y evidentemente no podíamos pasar por alto un acontecimiento como este. Que África es diversa, plural y una realidad con múltiples caras todos lo tenemos claro, a pesar del mensaje insistente de un continente homogéneo, sobre todo, en sus escasas cosas que ofrecer (me encanta la idea del título del blog de Lola Huete “África no es un país”, toda una declaración de intenciones). Con ese principio de complejidad en el horizonte, cuando uno se lía la manta a la cabeza sólo puede aspirar a intentar hacerlo bien y el programa del posgrado del CEA tiene ese horizonte y esa voluntad.

Ahora mismo la avalancha de estudios de posgrado es abrumadora y, por eso, se impondría hablar de la calidad del que organiza el CEA. Sin embargo, viendo los datos parece innecesario. Se encuentra en su novena edición y se celebra desde el año 2001 (en las primeras ocasiones fue bianual). Sin duda la veteranía es un grado. Cuando la lista de profesores implicados en este proyecto incluye a los investigadores de las universidades catalanas que mejor conocen la realidad africana, junto a los de universidades vascas, madrileñas o canarias, detallar currículos se hace un ejercicio innecesario.

Sin embargo, lo que de verdad es determinante en el Posgrado en Sociedades Africanas y Desarrollo es la solidez del proyecto y la implicación de todos aquellos que forman parte; la convicción, por decirlo de alguna manera. El espíritu de este curso es lo que le da un valor especial. El planteamiento de que África debe ser abordada desde el ámbito histórico tantas veces negado (Sarkozy y todos los que durante siglos han negado la historia a África deberían pasar al menos dos minutos con algunos de estos profesores); desde el punto de vista económico falseado a diario (si nos creemos lo que dicen las instituciones internacionales y los que manipulan los mercados, jamás nos habremos acercado ni remotamente a la realidad del continente); desde la vertiente de la actualidad (¿de verdad nos queremos quedar con los análisis superficiales que reducen los problemas y las potencialidades a una frase?); desde el entorno cultural (da risa y lástima pensar en aquellos que creen que si algo no entra en su esquema de pensamiento es porque no vale la pena ser conocido…); o desde el análisis de la cooperación (aquella cooperación que realmente busca mejorar las cosas y no sólo hacer caridad y calmar conciencias).

Los calificativos de la visión sobre África de este posgrado llenarían un post completo. Hacemos una pequeña prueba: constructiva, creativa, abierta, curiosa, desacomplejada, realista, multidimensional… La lista es tan larga que se hace abrumadora, así que lo mejor es informarse sobre los detalles de este nuevo intento de descolonizar las mentes.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

El pensamiento tradicional africano en busca de la armonía


“El África negra está entregando cada vez más espacio a los pensadores tradicionalistas. Los ‘filósofos modernos’ no tienen ninguna posibilidad porque fueron una caricatura y una fotocopia mal hecha para una población que no podía aceptarlos”. Así de duro y así de esperanzador se expresó Ferran Iniesta en la sesión sobre “Tradición y modernidad” que impartió en el curso “Àfrica Sudsahariana. Especificitats culturals i desenvolupament”, organizado por el Centre d’Estudis Africans.Se trataba de la última sesión del curso, la clausura y una oportunidad para que los alumnos pusiesen en relación todas las visiones que se habían mostrado en las jornadas anteriores. Iniesta no tiene pelos en la lengua, básicamente porque su aplastante argumentación le permite ser tan directo como crítico.

El profesor señaló un considerable cambio de tendencia en África a partir de finales de la década de los años 90 del siglo pasado. Desde ese momento, va ganando terreno una tendencia de sectores intelectuales, no necesariamente universitarios que escriben y debaten desde una óptica tradicionalista, es decir, sin obsesionarse por reproducir los parámetros de pensamiento occidentales. El motivo del cambio, según Iniesta, es que “se han dado cuenta de que el África de los intelectuales serviles que reproducían lo que les decían desde occidente no les llevaba a ningún sitio”.
En esos términos es en los que el profesor se refiere a los que se han considerado “filósofos modernos” africanos y es tan tajante que señala que “el pensamiento moderno en África es externo a África”. Según el planteamiento del profesor estos filósofos modernos eran la trasposición al terreno del pensamiento de un fenómeno que se había consolidado en el ámbito político. La copia del modelo de estado posterior a las independencias requería ese apoyo filosófico. Sin embargo, el fracaso de ese modelo de Estado, las “lamentables” décadas de los 70 y de los 80 y la “desastrosa” de los 90, puso delante de los ojos de los africanos que su futuro sólo podía salir de su propia iniciativa.
Para Iniesta, el humanismo, la ideología que subyace bajo las obras de los “jóvenes filósofos” “es la ideología que dice que podemos ponernos de espaldas a la armonía del mundo, para poner a la humanidad en el centro, que deriva en el individualismo más feroz”. El planteamiento del profesor lanza una duda: “El progreso y el desarrollo parecen sagrados…, pero, ¿y si no lo fuesen? ¿Si el impacto con el entorno pusiese en peligro nuestra especie?”.
Frente a esta perspectiva, los pensadores tradicionales reivindican la trayectoria africana. Autores como Alassane Ndaw, E. Messi Metogo, Ndebi Biya, Amadou Hampaté Ba o su propio maestro Tierno Bokar, entre otros, se enmarcan en esta corriente que se acerca mucho más a la armonía con el entorno, a través de reflexiones sobre cuestiones religiosas o espirituales, pero también etnonacionales.
La última idea lanzada es, en realidad, un guante, un desafío y un objetivo: “La aparición de una universidad tradicional africana es el gran reto de la nueva década”.

lunes, 12 de diciembre de 2011

“África siempre fue feminista, pero con otras palabras”


Cuando Remei Sipi, escritora ecuatoguineana afincada en Barcelona, dice que la maternidad ocupa un lugar central en la vida de la mujer africana seguro que muchos pueden pensar en sumisión, sometimiento o control, por parte del hombre, del poder patriarcal y machista. Estas imágenes “son cosas de blancos”, utilizando las palabras que Sipi dice que les decían sus mayores cuando se reclamaban feministas. Lo que la escritora defendió en el curso “Àfrica Sudsahariana. Especificitats culturals i desenvolupament”, organizado por el Centre d’Estudis Africans, es otra cosa bien distinta. La maternidad ocupa un lugar central en la vida de la mujer africana, porque es importante PARA ella, es decir, como decisión propia. De hecho una buena parte del feminismo africano (un movimiento que nada tiene de reaccionario) reivindica el papel de la mujer como madre (entre muchas otras cosas, pero también como madre) y de hecho en los foros internacionales, como señalaba Sipi, las feministas africanas han chocado a menudo con las feministas negras americanas en este punto.

A estas alturas del curso (en la penúltima sesión), los asistentes ya habían asimilado el papel central de la mujer en la sociedad africana desde puntos de vista que van desde la economía hasta la religión. A través de muchas sesiones y muchas argumentaciones, los alumnos habían tenido la posibilidad de desterrar el mito de la mujer africana sometida, para sustituirlo por la imagen de una figura respetada y con gran prestigio social, a pesar de la distorsión que durante siglos hayan podido introducir en las estructuras africanas episodios como la trata negrera o el colonialismo (que sí que trató de implantar un sistema machista, tratando sólo como interlocutores a los hombres). Y Remei Sipi puso la guinda argumental. “África siempre ha sido feminista”, dijo rotundamente, “lo que pasa es que esa palabra provocaba cierto rechazo en nuestras sociedades y por eso hemos tardado un poco más en sumarnos a ese movimiento”. Lo que quería decir es que las prácticas, los usos siempre han puesto en valor a la mujer.
Haciendo todas las salvedades a las que obliga la heterogeneidad de la mujer africana, la escritora explicó que, en general, en África una mujer se puede sentir completa cuando tiene hijos, porque los hijos son seguridad y también ayuda. Y, más allá de los aspectos más prácticos, porque son una posibilidad para seguir evolucionando en la esfera de las relaciones sociales. La literatura africana hecha por mujeres, según Sipi, ha tratado de manera prioritaria el tema de la maternidad por la centralidad de la que ya se ha hablado. Esta importancia, por ejemplo, se traslada a la conexión que se ha establecido entre los movimientos feministas africanos, pero también a las mujeres en la diáspora que mantienen una visión muy similar de la maternidad, evidentemente, con los matices impuestos por situaciones y entornos sociales diferentes.
La escritora lanzó un provocador desafío durante su sesión. Reconociendo que la historia se ha escrito en masculino, que las mujeres africanas no postulan una homogeneidad en la conducta y que la igualdad de derechos ha sido legislada en la mayor parte de los países africanos, Sipi concedió que existen situaciones de discriminación de género. “Pero no hay que olvidar que en el norte las mujeres aún siguen estando discriminadas”, afirmó. Puede parecer una excusa, un intento de consuelo, pero no lo es. Suena más bien a advertencia.
Entre los muchos datos sobre la situación de la mujer en África que aportó Remei Sipi, uno resulta especialmente destacable porque pone de manifiesto la confusión generada en occidente y la fortaleza femenina africana. Una estadística señala que el 56% de las mujeres africanas son analfabetas. Pero a esta cifra le falta un importante matiz para reflejar la realidad. Son analfabetas en lenguas occidentales (una precisión que denuncia el etnocentrismo de las estadísticas) y, a pesar de ello, “son grandes creadoras de estrategias en el ámbito local”. No hay que olvidar que las mujeres producen y transforman el 80% de los alimentos básicos que se consumen en África. “Si las mujeres bajasen los brazos, África caería en el caos”, señaló Sipi. Y eso ellas lo saben…, pero ellos también.

viernes, 9 de diciembre de 2011

El África no conflictiva no cabe en los medios


Es curioso pero apenas recibimos una imagen (repetida y repetida hasta la saciedad) de África y la gente en general no se sorprende. Si en televisión los catalanes apareciesen siempre (invariablemente) con barretina y haciendo castells el resto del mundo se preguntaría, ¿pero esta gente no hace otra cosa en la vida? Eso es lo que pasa con África, a diferencia de que muy pocas personas se hacen esa pregunta. Casualmente, el día que Antoni Castel hablaba sobre la imagen que los medios ofrecen de África en el curso del Centre d’Estudis Africans “Àfrica Sudsahariana. Especificitats culturals idesenvolupament”, el telediario de la noche de La 2 dedicaba un tiempo inusualmente largo al continente. Se enlazaron tres piezas seguidas (por otro lado, sin más relación que el escenario africano). Una de ellas hablaba sobre el maltrato a los homosexuales, otra sobre sida y la tercera eran una declaración relacionada con el conflicto en Costa de Marfil. Definitivamente como decía Castel “el África no conflictiva no cabe en los medios”.

En las agendas de los medios de comunicación, según explicaba el profesor, África no es prioritaria (de hecho ocupa el último escalón) por eso lo que se hace primar es el espectáculo (sobre todo en televisión) y “qué mayor espectáculo que una guerra”. Por otro lado, el imaginario racista alimentado desde el S.XIX presenta un África salvaje, caótica, ingobernable, desorganizada, incapaz de abrazar la modernidad y dependiente de la ayuda humanitaria. Y los consumidores de los medios de comunicación deben recibir lo que “demandan”, es mejor que no se les obligue a pensar rompiendo estereotipos porque se puede perder su atención, así que con eso el círculo queda cerrado. Prima el criterio de la violencia y el caos.
De alguna manera, este proceso tiene mucho de inconsciente, ya que la visión de los periodistas, a menudo, está teñida de ese imaginario colectivo que viene de los grandes pensadores, los viajeros y exploradores del S.XIX, que se mantuvo con la literatura colonial pero que se ha alimentado con la literatura y el cine actuales. Aún hoy “se dibuja un África de paisajes y negros sumisos y únicamente constituye un bonito decorado para historias de blancos”, según Castel. Los propios periodistas se sienten incapaces de comprender la complejidad de los procesos africanos y, por eso, las referencias se quedan en la superficie, en la imagen de impacto. Incluso en las informaciones de conflictos, Castel se quejó de que “es casi imposible que a través de la prensa se llegue a saber qué quiere el grupo que se ha revelado”. Porque todo lo relacionado con África se presenta como movido por reacciones atávicas, despolitizado y ello sin contar con que es mejor obviar las implicaciones de occidente en estos conflictos.
Así, a partir de estudios empíricos, Castel hacía una radiografía de la imagen de África transmitida por los medios: un continente atrasado tecnológicamente e incapaz de desarrollarse; indolente, pasivo y sin iniciativas propias, más allá de las que llegan de occidente; lastrado por prácticas atávicas que le impiden abandonar ese estado “prehistórico” como las creencias, el fanatismo religioso, el tribalismo y la tradición irracional; y absolutamente dependiente del exterior, prolongando la misión civilizadora de occidente.

También hay sitio para soluciones
Hasta aquí el discurso es catastrofista, casi tan providencialmente negativo como la propia imagen transmitida de África. Sin embargo, quiso abandonar esa cómoda postura y en concordancia con sus críticas, plantear soluciones. La fórmula para que lo que se dice de África se parezca un poco más a África no es compleja, aunque hay que reconocer que su puesta en práctica se encuentra con obstáculo. En todo caso, las propuestas de Antoni Castel son claras: occidente, los medios y los periodistas deben dejar de mirarse el ombligo, de considerarse el centro y dar más voz a los africanos; los periodistas deben formarse, para tener argumentos con los que defender sus posturas; las informaciones deben dar más espacio al “África que camina” a la de las iniciativas, a la de las soluciones imaginativas y creativas para los problemas del día a día; la información se debe dar desde el terreno, pisando la tierra y sintiendo el ambiente; y los medios deben practicar el periodismo preventivo, prestar más atención a la etapa de gestación del conflicto y no esperar a las imágenes de impacto.
El mensaje de Castel, a pesar de todo, es optimista. “No todo está perdido” y hay que aprovechar las oportunidades para superar los obstáculos. La competencia entre los propios medios puede ser una puerta entreabierta para la entrada de ese África diversa; los nuevos formatos, lo nuevos medios, los especializados y Internet son algunas de las ventanas por las que se puede colar el aire fresco del dinamismo real africano. “No todo está perdido”, ese es el mensaje.

jueves, 8 de diciembre de 2011

La economía africana que funciona y escapa de "nuestras" normas

Lola López, antropóloga y coordinadora del CEA, dibuja el sentido de lo que denomina “economía popular urbana” con la gráfica descripción de una imagen. El mercado de Lomé, la capital de Togo. Una mujer junto a una sábana tendida en el suelo y escoltada por dos enormes “guardaespaldas”. Sobre tan precario tenderete, montones de fajos de billetes (de francos CFA) e idas y venidas de otras mujeres que hablaban con la responsable del chiringuito e intercambiaban tacos de billetes contados por volumen, a ojo. Unas traían dinero y otras lo recogían. Era el banco de las Nana-Benz, las comerciantes exitosas de tejidos del África Occidental. “Cogía los fajos a ojo y si a una y a otra les servía sería porque el cálculo era muy exacto”, comentaba divertida López. “Seguramente esa mujer no sabía leer ni escribir”, se aventuraba la investigadora, “y solamente viéndolo no había manera de saber cómo funcionaba el intercambio, la verdad es que lo único seguro es que no había anotaciones, ni contaban el dinero”. Este puede ser un atractivo resumen de la explicación que Lola López ofreció en el curso “Àfrica Sudsahariana. Especificitatsculturals i desenvolupament”, organizado por el Centre d’Estudis Africans, sobre la economía más pujante en África, la economía popular.

Desde occidente habitualmente se denomina este tipo de actividades economía sumergida, aunque su presencia es más que patente en las ciudades; o economía informal, aunque como cualquier actividad tiene unas normas bien establecidas y perfectamente conocidas por los que la practican. Se trata de las formas que habitualmente tenemos de desacreditar lo que escapa de nuestras categorías, de intentar con las palabras que algo sea menos importante de lo que en realidad es. Otros, los más condescendientes hablan de estas actividades como “economía social solidaria” una denominación, en palabras de Lola López, “excesivamente romántica. “Es cierto que las normas de esta economía se basan en el componente de solidaridad de grupo que tiene la cultura africana pero tampoco hay que perder de vista que el objetivo es el interés, el beneficio y la inversión.

Pujanza y dinamismo
Lola López trató de poner de manifiesto la importancia de esta economía (mucho más que un sector) que se escapa de la institucionalización. Sólo por citar algunos de los datos aportados por la investigadora estas actividades generan el 90% del empleo urbano y entre el 40 y el 60% del PIB, según las informaciones de las instituciones internacionales. En definitiva “es la economía que más crece, la que más responde a las necesidades de la población, la que más riqueza genera y la que mejor se adapta a las condiciones concretas y a los problemas del mercado, a pesar de que se sigue considerando economía de supervivencia sin prestar atención a su expansión, al potencial emprendedor y a la innovación que genera”, señaló López.
Y si es así, ¿por qué seguimos empeñados en menospreciarla? Básicamente porque se escapa de nuestras categorías, porque resulta incomprensible desde la mentalidad reduccionista occidental. Lola López planteó uno de los motivos fundamentales de esta incompatibilidad. “Una de las características que la hace difícilmente mesurable es que nosotros lo monetarizamos todo. En la economía occidental, todo tiene calculado un coste en dinero, en la economía popular urbana africana no”. La investigadora trató de explicar que muchas de las relaciones de esta economía se basan en la cesión, sin cobro, pero que de alguna manera se debe.
Lola López tiró de ejemplos concretos, la mejor manera de hacer comprensible algo que después se entiende de una manera perfectamente clara. Un africano deja a otro dinero porque atraviesa una mala racha. Cuando el segundo se recupera, estabiliza su situación y consigue una cierta prosperidad no correrá a devolver el “préstamo”, tampoco el primero lo reclamará si no es estrictamente necesario. Con esta dinámica de relaciones lo que le debe uno al otro no es el dinero que le ha dejado, sino el favor que le ha hecho ayudándole en un momento de estrecheces. Lo que el primero tiene en el banco no es el dinero que ha prestado, es el favor que ha hecho y que en caso de necesidad se puede materializar de las maneras más diversas y, en ocasiones, mucho más valiosas que la cantidad adeudada en sí misma. En todo caso, lo mejor que le puede pasar al “acreedor” es que nunca necesite hacer efectiva la deuda, porque significará que las cosas le van bien y porque será un as en la manga, un clavo al que agarrarse en caso de necesidad. ¿Acaso no es un sistema más humano que el interés variable, el Euribor o el TAE…?

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Los hechos se imponen: la tradición africana es dinámica

“Tradicional” se usa a menudo como adjetivo despectivo y condescendiente, casi para expresar un poco de respeto al no decir directamente “viejo”. La palabra nos evoca algo del pasado, inmóvil, pero además no sólo inmóvil en sí mismo sino que además impide anquilosa a lo que le rodea. Es cosa de ignorantes que se niegan a modernizarse, de retrógrados. Y en el caso africano, tradicional se interpreta como toda la oscuridad y la sombra que había antes de que el hombre blanco llegase a aportar luz; es reaccionaria y primitiva; el principal obstáculo para el desarrollo y el progreso… La tradición en África tiene todas estas connotaciones negativas, sobre todo, para aquellos que se niegan a ver el dinamismo de la sociedad africana, su enorme capacidad de adaptación y de supervivencia, aquellos que no entienden que puede haber más esquemas de pensamiento que el propio. Por eso el planteamiento de Albert Farré, antropólogo e investigador del ISCTE-Lisboa y del CEA resulta interesante: “La tradición está relacionada con el cambio social. En realidad se trata de un itinerario de cambio social propio”.

Farré aportó los argumentos necesarios para defender esta tesis en la sesión sobre la “Coexistencia de poderes tradicionales y modernos” del curso “Àfrica Sudsahariana. Especificitats culturals i desenvolupament”, organizado por el Centre d’Estudis Africans i Interculturales. Empezando por la necesidad de cambiar el marco de explicación y prejuicios tales como la dicotomía entre consenso y autoritarismo, la economía de subsistencia, el sentido crítico o la noción de persona.
En primer lugar, en el debate entre consenso y autoritarismo, la experiencia del colonialismo y el modelo de estado implantado con las independencias han dado relevancia a la tendencia autoritaria. En relación con la imagen de la “economía de subsistencia”, no se debe olvidar que históricamente África ha generado excedentes y ha tenido un potente comercio internacional, y tampoco hay que perder de vista que el modelo empleado en África nunca ha sido productivista, sino que se ha basado en un “cierto control de la producción y de la demanda”, según Farré. El investigador también desmontó el mito de la apatía, del conformismo y de la actitud acrítica africana. Es cierto que esa disidencia no se ha articulado al estilo occidental (a través de los intelectuales y de los movimientos sociales), pero sería injusto olvidar la fortaleza de las redes de solidaridad y de los casos de revueltas promovidas desde la base con actores diversos. Por último, la concepción de la persona en occidente es mucho más individual, mientras que en África la persona se explica por sus relaciones, que al mismo tiempo definen al individuo y a los demás. Se podría decir que la persona africana es una persona en red.

El estudio de casos no deja lugar a dudas
Teniendo en cuenta estos pilares basta con poner sobre la mesa algunos casos en los que los africanos han sido capaces de hacer coincidir tradición y modernidad con una magistral maestría, una combinación que aparece casi como imposible, pero que en los hechos se demuestra viable. Farré desgranó múltiples casos como el de Paulino Gomes en Guinea Bissau, un individuo escogido como representante tradicional por su prestigio en el estado moderno y repudiado por este último aparato por ese motivo. El Estado no tuvo más remedio que hacer un reconocimiento tácito de esa capacidad de Gomes que acabó ostentando el título de rey ante sus conciudadanos y el de representante regional ante el Estado compatibilizando dos dimensiones que parecían irreconciliables.
O el caso de Mutesa II, el kabaka (rey) del reino Buganda en Uganda, licenciado en ciencias políticas por la universidad de Oxford y cuyo título está reconocido por la constitución ugandesa, aunque carente de atribuciones. Ante un conflicto relacionado con un bosque sagrado, que había generado una delicada crisis política en el país, Mutesa II en vez de aparecer como agraviado se ofreció como mediador entre las dos partes, lo que de pronto le colocó en medio de la esfera política estatal.
En Mozambique, Senegal o la República Democrática del Congo se pueden hallar casos similares de ingeniosas y creativas compatibilidades de esferas distintas. La otra cara de la moneda, también presentada por Albert Farré en un ejercicio de honestidad, transparencia y rigor científico, se encuentra en el caso de Swazilandia, donde el rey es el Estado y su poder es absoluto e incluso despótico. Sin embargo, es sólo un espejismo, ya que el de Swazilandia no se puede considerar un rey tradicional. Los reinos tradicionales tienen siempre mecanismos para contrarrestar el poder del rey (un complejo sistema de división de poderes), pero la administración colonial, según Farré, eliminó estos mecanismos de contrapeso para simplificar su actividad y dio a luz una estructura de estado autoritario, muy similar a las dictaduras occidentales.